viernes, 29 de enero de 2016

Macerado, extracto y agua de lavanda




Macerado de lavanda, extracto de lavanda, agua de lavanda. Todo el protagonismo para esta flor






Mirando al Sur

Hace una hora que amaneció. El aire fresco precipitándose en la habitación al abrir la ventana,  despeja los residuos de somnolencia de mi perezoso despertar. Subo a la azotea y una atmósfera diáfana y vivificante me envuelve con lazos de luz, que el Sol regala esta mañana a raudales. Son suaves sus caricias.
Puedo percibir los contornos de cuanto me rodea con una nitidez tan clara, que todo parece despojarse de lo superfluo ante mis ojos. Me siento excitado. Un  indefinido deseo murmura en lo más profundo de mi ser y sin embargo no sé lo que es. ¿Quizá, esa alfombra mágica a la que imploré vuelo? ¿Es un afán de aventuras que pinta sus primeros trazos? ¿Quién sabe? Sea lo que sea, algo prodigioso ha de venir hoy a mí. Empieza a manifestarse, aunque todavía es una nebulosa.
Siempre que el viento de poniente ciñe nuestra tierra, limpia el aire y creo que hasta nuestras ideas. Es frío, pero nos permite mirar más allá, invitándonos con su empuje a levantar cometas en busca de nuevas perspectivas. Hace una hora que amaneció y tengo la sensación de que han transcurrido muchas más. Mis pulmones se han saturado de oxígeno, me siento lleno de vitalidad. Quisiera ralentizar el tiempo, bueno…mejor pararlo. ¡Oh!, me he dado cuenta que al recibir tanta belleza en esta inesperada mañana, el tiempo de algún modo dejó de existir. Fue  pensar en él y se materializó. Es cruel,  y no obstante a veces juega a nuestro favor…Vaya, ya empieza mi cabeza a dar vueltas, tomaré otros derroteros.
Desde esta humilde altura, casi siempre  sola, mi aprendiza de atalaya inmutable mira al sur. Abarcando un amplio horizonte, hoy lo contempla conmigo. A lo lejos  una puerta que conduce a lo más profundo de África, nos saluda desde Marruecos y tras él, tórridos desiertos, cordilleras, depresiones, selvas, ríos e inmensos lagos y todo  preñado de una fauna increíble,  compartiendo hábitat con una multitud de pueblos cargados de exóticas y milenarias culturas.
Mañana será mi cumpleaños. Hoy, dicen que es el día de los enamorados. ¡Ay! El amor, tan jovencito y ya me alborota. ¡Dios mío, que agitado estoy!
Mientras contemplo a lo lejos el perfil de Cabo Negro, unas manos más bien pequeñas y desde mi espalda;  de forma inesperada tapan mis ojos, esperando su dueña que la adivine. Son suaves, cálidas, tiernas, hablan sin voz…es muy agradable su contacto. Me resisto, estoy muy a gusto disfrutando de esta sensación, pero mi enigmático personaje más intranquilo termina presentándose. Es mi guapísima vecina, cuya casa comparte azotea con la nuestra. La sorpresa que me ha causado  la hace feliz, ¡Ríe! No digo nada, solo la miro, pero lo hago con tanta intensidad que ella parece fascinada. Ahora su semblante es un signo de interrogación, ha notado en mi mirada algo raro. Sonrío ligeramente y sin pensarlo mucho, la atrapo como a una indefensa mariposa  y posando mi boca despacio, con mucha ternura, recreándome  en lo sedosa de la  suya, la retengo besándonos un buen rato.
 Quisiera disolver el tiempo para prolongar hasta el infinito este momento y al  pensarlo, ¡maldita sea!  Le hago regresar. Es entonces, cuando aparece en mí la fogosidad de un encelado loco, beso cualquier desnudez de su anatomía, su cuello, sus manos, sus ojos, sus hombros…y vuelta a su boca. Caricias y promesas, juramentos y  un derroche de pasión desbordante, acompañada de sonidos, sabores y aromas inolvidables; que quedaron prendidos para siempre en mi corazón.
Tenía que haber escrito sobre esta seducción aquel día de San Valentín, no lo hice,  pero aunque lo parezca, el tiempo no ha ganado la batalla, Él, no puede dar marcha atrás, pero mis pensamientos sí. Con estas palabras quiero homenajear a la génesis de aquella mujer. Y deciros que el amor es mucho más que un suspiro en la memoria.


Mariano Álvarez Martín                                                Setiembre 2015 

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