lunes, 20 de mayo de 2019

Jabón y nutritiva de cera de abeja





- ¡Anita!, ¿¡¡sabes a quién he conocido!!? -
- Pues no -
- ¡A un señor, de aquí del pueblo, que tiene colmenas y te va a dar toda la cera que recoja! -
- ¿¿¡¡¡¡¡Sin limpiar!!!!!?? -
- No sé, pero ¿qué más te da? -

No, no me da lo mismo. No es lo mismo que te den la torta de cera ya limpia a recibir trozos vírgenes del panal con su miel, jalea real, propóleo y polen, todo incluido. Me fascinan las abejas y su trabajo, las admiro por su gran comunidad solidaria, su organización, su sabiduría…vaya, que son ¡perfectas! Y tener entre las manos parte de su mundo no tiene precio, para mí es el insecto social más importante de nuestro ecosistema, es el auténtico especialista en química natural.

Maurice Maeterlinck, poeta naturalista o científico con alma de poeta, las describió así: “el alma del estío, el reloj de los minutos de abundancia, el ala diligente de los perfumes que vuelan, la inteligencia de los rayos de luz que se ciernen, el murmullo de las claridades que vibran, el canto de la atmósfera que descansa”. En una de sus reflexiones compara “el espíritu de la colmena” con la inteligencia humana, llegando a la conclusión que la colmena alcanza un grado de perfección dentro de la Naturaleza superior al del hombre: “Ningún ser vivo, ni siquiera el hombre, ha realizado en el centro de su esfera lo que la abeja en la suya, y, si una inteligencia ajena a nuestro globo viniese a pedir a la tierra el objeto más perfecto de la lógica de la vida, habría que presentarle el humilde panal de miel”.

¡Mira que es bonito un panal!, qué perfección de celdas, aún hoy se preguntan los sabios si es mero instinto o inteligencia, yo me inclino por la segunda, creo en su inteligencia grupal. Las he observado muchas veces cuando trabajo junto a ellas en el jardín y las veo tan organizadas, con ese carácter colectivo tan fuerte. Nunca tuve problemas con ellas cuando coincidimos en alguna planta, nos respetamos mutuamente, además, hay flores para todas. Lo que sí procuro es ralentizar mis movimientos para no asustarlas y entonces escucho su murmullo, como dijo el poeta “el canto de la atmósfera que descansa”, es igual.

Pues la cera que me regaló el apicultor venía impregnadísima en miel, con olor fuerte a colmena, delicioso. Estaba emocionada. Eran casi ocho kilos que se quedaron en kilo y medio de cera virgen, dos semanas limpiándola, a cien gramos por día, fue todo un disfrute. Ya sabéis que la cera de abeja junto con el aceite son básicamente mis componentes para cremas, bálsamos y jabones y cada día estoy más convencida de que con estos dos principios activos cubro todas las necesidades de la piel.

¿Conocéis la diferencia entre la cera de opérculo y la cera de panal? La primera es la más clara que hay en el mercado y la más apreciada por el apicultor, ya que no tiene tanto deterioro como la de panal que puede contener hasta un 50 % de impurezas. ¿Y sabéis qué es la cera de opérculo? Antes matizo que el término opérculo proviene del latín operculum, "tapadera" y es una capa de cera con la que las abejas cierran las celdillas del panal para proteger la miel y las crías. Según qué celdillas vayan a sellar el opérculo será fino y poroso o denso e impermeable. Y es que para que sus crías puedan tomar oxígeno y liberar gases tóxicos, como cualquier otro ser vivo, es necesario que el opérculo permita el intercambio de gases (aire) entre el interior y el exterior, por el contrario, los opérculos de las celdillas que almacenan miel deben impedir ese trasiego para evitar la entrada de humedad, es lo que llamaríamos compartimentos estancos provistos de aislamiento térmico.

Y si las abejas, que son tan inteligentes, cuidan amorosamente a sus crías entre finas capas de cera o protegen celosamente su rico alimento en una compacta celdilla hermética, también de cera, aplicando proporciones nada más, ¿no podemos hacer lo mismo con nuestra piel?, realmente solo consiste en “diferencias de estructura”, a diferente piel pues… distinto porcentaje de cera. Chicas, hay que aprender de las maestras.
Jabón de cera de abeja, karité y aceite de oliva
Nutritiva de cera de abeja, karité, aceite de sésamo, hidrolato de lavanda y óxido de zinc




miércoles, 8 de mayo de 2019

Jabón con aceites de coco y girasol bio




"La flor nos conduce a la sensibilización del alma, a la sabiduría universal. Aquél que pierde la sensibilidad de asombrarse con la belleza de una flor, deja morir su alma".

Hace muchos años, en la antigua Persia, utilizaban un medio criptográfico de comunicación a través del simbolismo floral para expresar sentimientos o emociones. El rey Carlos II de Inglaterra importó este arte a Europa recopilando información por todo el mundo para instaurarlo en su corte, dando lugar a la creación de la “floriografía victoriana”, pero hoy solo podemos especular con los significados de esta comunicación, no somos capaces de entender la complejidad de aquel hermoso sistema.

La floriografía en esa época fue aceptada como una lengua más dentro de la sociedad. Desarrolló toda una cultura de mensajes ocultos y codificados a través de las plantas y sus diferentes composiciones y características. Era un lenguaje alternativo, sutil y secreto en un tiempo de costumbres rígidas y estrictas, una forma muy sofisticada de transmitir, solo al alcance de aquellos que sabían interpretarlas. Para cada momento, sentimiento o propósito había una flor. Y sí, hoy conocemos el listado de las atribuciones simbólicas de cada una de ellas, pero no abarca la diversidad que existió en aquel período.

Tal vez nunca volvamos a entender todo lo que implicaba la floriografía, ojalá que los estudiosos la recuperen y podamos comunicarnos a través de ella, es divertido y apasionante descifrar mensajes emocionales que además estimulan y agilizan la mente.

Jabón de aceite de coco, girasol bio, manteca de cacao y colofonia